8-4-2013
Por: Hilda Ruth Flores Muñoz
Este es un cumpleaños diferente.
Agradezco a Dios la vida, el enorme regalo de la vida.
Es increíble, pero antes esperaba regalos, pero ahora entiendo que el
regalo es la vida.
¿Para qué más regalos?
Los regalos son la metáfora del regalo de vida.
¿Qué haremos con el regalo?
¿Verlo de menos? ¿Esperar algo más? ¿Despilfarrarlo? ¿Ignorarlo?
Yo creo que como todo regalo que viene de un ser amado, sin importar lo
que sea, debe valorarse, agradecerse y cuidarse como una joya preciosa.
Así es la vida. Un regalo día tras día. Un soplo que articula mente y
anima el cuerpo.
Esa mente, sin vida, sin alma no es nada.
Ese cuerpo, sin vida, sin alma no es nada.
Todos llegamos a entender tarde o temprano este don maravilloso, el
valor de este regalo.
El amor de Dios a través de nuestra vida y las personas que nos envía a
acompañarnos en este recorrido.
Es un recorrido individual, pero Dios nos regala otras almas
maravillosas que nos acompañan.
Unas en un momento crítico y desaparecen. Tienen una misión puntual y única.
Otras, son cíclicas y
estacionales. Tienen una misión puntual que se repite en nuestra vida.
Otras, son pacientes, nos conocen, nos aman, nos comprenden y nos
preparan para el momento en que nos toque estar solos. Son los padres. Son las
almas a las que Dios confió nuestra vida para que nos guiaran. Nos encaminan,
pero no nos pueden acompañar siempre. Así que tener padres es un tesoro.
Otras, son las que estuvieron en preparación al igual que nosotros,
fueron entrenadas, fueron encaminadas y están listas para encontrarse, darse,
amar y asumir el reto de guiar en conjunto con otra alma. Puede ser a través
del matrimonio o de un apostolado.
Llega un momento en donde hemos terminado de encaminar y la vida se
acaba, vale la pena vivirla entonces, de la mejor manera, para explotar los
talentos, ser feliz, dar y darse para y con los demás. Ser persona en lo
individual y en lo social.
¡Celebremos la vida!
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